6/8/22

MI CONVALECENCIA EN EL CARMELO DE TORO

 


Con la garganta herida todavía

vine para verter en la palabra

esa luz generosa que me alumbra,

humilde sacerdote enamorado.

 

El corazón de Dios me abrió la puerta

del Carmelo de Toro y con sonrisas

de sus Monjas austeras y felices

fue nutriendo mi carne enflaquecida

y mi verso de niño permanente.

 

Me disteis de comer como las Madres

de corazón feliz cuando dan vida.

Con avaricia santa recogisteis

la mies de mi palabra en los graneros

del silencio interior de vuestra casa.

 

Hicisteis pan de júbilo creciente

al saberos de Dios, al ser miradas

por su mirada de cariño eterno.

 

Mi garganta olvidaba las agujas

que a veces se clavaban en mi carne.

Y hablaba y más hablaba

hasta que el fuego,

la “llama de amor viva” que os alumbra

derritió los aceros pertinaces

y tornó mi dolor, en gozo inmenso.

 

Sólo el amor y la amistad sencilla

convalece las almas y los cuerpos.

Sólo el amor redime, siembra alas

en el polvo cansado y flagelado.

 

Gracias Hermanas, Madres, muchas gracias

por haberme acogido en las moradas

humanas y divinas de Teresa.

 

Gracias por ser los surcos roturados

que abrazan dócilmente la semilla

y la tornan espiga exuberante.

 

Gracias por ser de Dios y por quereros.

Gracias por ser el verso agradecido

que canta y reza permanentemente.

Gracias por el sagrado territorio

que dice al mundo: Dios está en la tierra,

y nace cuando amamos, cuando somos

sonrisa entrecruzada de cariños.

 

Seguid así, queridas Carmelitas.

Y, aunque el espacio aleje nuestras vidas,

siempre estaremos juntos y seremos

la misma luz que alumbra en las tinieblas.

 

Viviremos felices en la Iglesia

y en ella moriremos con la Madre

Teresa de Jesús, Esposa cierta

del Amor Infinito que amanece

para vivir perpetuamente amando.

 

Toro - 16 - Julio -1984