Con la garganta herida todavía
vine para verter en la palabra
esa luz generosa que me alumbra,
humilde sacerdote enamorado.
El corazón de Dios me abrió la puerta
del Carmelo de Toro y con sonrisas
de sus Monjas austeras y felices
fue nutriendo mi carne enflaquecida
y mi verso de niño permanente.
Me disteis de comer como las Madres
de corazón feliz cuando dan vida.
Con avaricia santa recogisteis
la mies de mi palabra en los graneros
del silencio interior de vuestra casa.
Hicisteis pan de júbilo creciente
al saberos de Dios, al ser miradas
por su mirada de cariño eterno.
Mi garganta olvidaba las agujas
que a veces se clavaban en mi carne.
Y hablaba y más hablaba
hasta que el fuego,
la “llama de amor viva” que os alumbra
derritió los aceros pertinaces
y tornó mi dolor, en gozo inmenso.
Sólo el amor y la amistad sencilla
convalece las almas y los cuerpos.
Sólo el amor redime, siembra alas
en el polvo cansado y flagelado.
Gracias Hermanas, Madres, muchas gracias
por haberme acogido en las moradas
humanas y divinas de Teresa.
Gracias por ser los surcos roturados
que abrazan dócilmente la semilla
y la tornan espiga exuberante.
Gracias por ser de Dios y por quereros.
Gracias por ser el verso agradecido
que canta y reza permanentemente.
Gracias por el sagrado territorio
que dice al mundo: Dios está en la tierra,
y nace cuando amamos, cuando somos
sonrisa entrecruzada de cariños.
Seguid así, queridas Carmelitas.
Y, aunque el espacio aleje nuestras vidas,
siempre estaremos juntos y seremos
la misma luz que alumbra en las tinieblas.
Viviremos felices en la Iglesia
y en ella moriremos con la Madre
Teresa de Jesús, Esposa cierta
del Amor Infinito que amanece
para vivir perpetuamente amando.
Toro - 16 - Julio -1984
