Con la garganta herida todavía
vine para verter en la palabra
esa luz generosa que me alumbra,
humilde sacerdote enamorado.
El corazón de Dios me abrió la puerta
del Carmelo de Toro y con sonrisas
de sus Monjas austeras y felices
fue nutriendo mi carne enflaquecida
y mi verso de niño permanente.

