Voy contigo, Francisco, de la mano
por el sendero de la luz sencilla.
Quiero sentir la tierna maravilla
de ser hijo de Dios y ser “hermano”.
Encenderé en mi sangre gozo humano
que modele tu imagen en mi arcilla.
Seré fecunda y cálida semilla
que culmine en espiga de verano.
Daré gracias a Dios por la sonrisa
de la hierba callada que se pisa
y devuelve caricias de frescura.
Besaré con mis ojos al armiño
y, como tú, me volveré tan niño
que Dios me abrazará con su ternura.