9/9/23

LA SERPIENTE


 




La serpiente del mal nos ornamenta

con anillos de carne impenitente.

Va cerrando la tierra, su cabeza

con hipocresía, acicalada

taladra el aire claro que respira

y siembra oscuridad de sabias luces.

 

Evas, nosotros, de candor ingenuo

mezclamos nuestra sangre y su veneno

en diálogo amistoso que nos hunde

al abismo del mal: la egolatría.

 

Sumidos en su vientre se prolonga

la soga gris sin alas sobre el polvo.

Y se pronuncia el miedo, pero nadie

osa lucir la estrella que le queda

para no herir la noche razonada.

Nadie, tan sólo el niño cuando nace

en olvido de píldoras derrama

un chorro de sonrisas o de estrellas

como el amor de Dios que luz nevara.

 

Pronto el hombre le mancha las pupilas

para esconder la tinta de su llaga

manando antifuente del desierto,

que reitera el desierto y lo dilata

en más arenas negras y en ardores

de espaldas a la vida para siempre.

 

Está solo el profeta, está sangrando

su voz en el desierto estérilmente,

mientras el hombre, ciego de anticristos,

pudo al Anticristo que le repta

en oscuro latido de sustancias

hostiles a la luz y a las palomas.

 

Y ¡tantos peces engañados mezcla

de celo corrompido del anzuelo!

y ¡tantos se desangran por los ojos

para morir de vanidad erguida!

y, ¡tantos, dócilmente, se generan

serpientes ya, en odios encendidos!

 

Cristo crucificado en lenta orgía

hasta el fin de los siglos, nos contempla,

víctimas o verdugos, y nos llora.

 

Levemente apoyado sobre tierra

del árbol de la cruz, alza sus brazos

abiertos como ríos que se vierten

azul y sangre, eternidad de arcilla.

 

La serpiente sin alas no le alcanza,

poco holla su nombre con deleite

por demasiado pino en el estiércol.

 

Halla su nombre, su frescor eterno

desesperanza y amor. Halla su nombre.

Es mejor el delirio de la fiebre

con límites de muerte y si es preciso

alejar el temor, basta su brochazo

de ciencia empecinada en la conciencia

y se apaga el infierno limpiamente.

Así es más suave el deshonesto tacto

de los minutos breves de la vida.

 

No más calma, Señor, derrama pronto

-con Santiago te pido- fuego limpio

al pozo de petróleo de este mundo.

No más aroma muerto en los hedores.

No más luz quebrantada en las tinieblas.

No más palabra rota en el mutismo.

No más amor manchado en el gran odio.

No más, no más, Señor, no más paciencia.

Me resisto a ser carne de serpiente.

Me resisto a reptar. Tu me plantaste

este árbol que soy hacia la altura.

Tú creaste mi vuelo. Tú, mi sangre

de paloma acosada que te llama.

Testifico la luz y te proclamo

eterna luz, mi luz eternamente.

Atiéndeme, Señor, no me reprendas silencios.