La serpiente del mal nos ornamenta
con anillos de carne impenitente.
Va cerrando la tierra, su cabeza
con hipocresía, acicalada
taladra el aire claro que respira
y siembra oscuridad de sabias luces.
Evas, nosotros, de candor ingenuo
mezclamos nuestra sangre y su veneno
en diálogo amistoso que nos hunde
al abismo del mal: la egolatría.
Sumidos en su vientre se prolonga
la soga gris sin alas sobre el polvo.
Y se pronuncia el miedo, pero nadie
osa lucir la estrella que le queda
para no herir la noche razonada.
Nadie, tan sólo el niño cuando nace
en olvido de píldoras derrama
un chorro de sonrisas o de estrellas
como el amor de Dios que luz nevara.
Pronto el hombre le mancha las pupilas
para esconder la tinta de su llaga
manando antifuente del desierto,
que reitera el desierto y lo dilata
en más arenas negras y en ardores
de espaldas a la vida para siempre.
Está solo el profeta, está sangrando
su voz en el desierto estérilmente,
mientras el hombre, ciego de anticristos,
pudo al Anticristo que le repta
en oscuro latido de sustancias
hostiles a la luz y a las palomas.
Y ¡tantos peces engañados mezcla
de celo corrompido del anzuelo!
y ¡tantos se desangran por los ojos
para morir de vanidad erguida!
y, ¡tantos, dócilmente, se generan
serpientes ya, en odios encendidos!
Cristo crucificado en lenta orgía
hasta el fin de los siglos, nos contempla,
víctimas o verdugos, y nos llora.
Levemente apoyado sobre tierra
del árbol de la cruz, alza sus brazos
abiertos como ríos que se vierten
azul y sangre, eternidad de arcilla.
La serpiente sin alas no le alcanza,
poco holla su nombre con deleite
por demasiado pino en el estiércol.
Halla su nombre, su frescor eterno
desesperanza y amor. Halla su nombre.
Es mejor el delirio de la fiebre
con límites de muerte y si es preciso
alejar el temor, basta su brochazo
de ciencia empecinada en la conciencia
y se apaga el infierno limpiamente.
Así es más suave el deshonesto tacto
de los minutos breves de la vida.
No más calma, Señor, derrama pronto
-con Santiago te pido- fuego limpio
al pozo de petróleo de este mundo.
No más aroma muerto en los hedores.
No más luz quebrantada en las tinieblas.
No más palabra rota en el mutismo.
No más amor manchado en el gran odio.
No más, no más, Señor, no más paciencia.
Me resisto a ser carne de serpiente.
Me resisto a reptar. Tu me plantaste
este árbol que soy hacia la altura.
Tú creaste mi vuelo. Tú, mi sangre
de paloma acosada que te llama.
Testifico la luz y te proclamo
eterna luz, mi luz eternamente.
Atiéndeme, Señor, no me reprendas silencios.