La serpiente del mal nos ornamenta
con anillos de carne impenitente.
Va cerrando la tierra, su cabeza
con hipocresía, acicalada
taladra el aire claro que respira
y siembra oscuridad de sabias luces.
Evas, nosotros, de candor ingenuo
mezclamos nuestra sangre y su veneno
en diálogo amistoso que nos hunde
al abismo del mal: la egolatría.
