Es la tarde
en una de tantas primaveras.
El silencio
se deja atravesar
sonriendo
por las estelas de luz sonora
que lanza el gorjeo juguetón
de los pajarillos,
o el leve sonido de los arroyos en caricia musical,
o algún grillo precoz
que empieza a nacer la noche.
De repente
el campo se recoge
invadido
por el monstruoso balbuceo técnico
de una radio
que vomita un chorro
de palabras humanas.
Se ha parado un automóvil.
Dentro de él, sus ocupantes
cierran los ojos,
para dejarse inundar, por los oídos,
de “estadio”,
“áreas de juego”,
“guardametas”.
Un momento les atrajo la idea del campo;
pero por si el aburrimiento,
se llevan repuesto de ciudad.
También ellos gritan: “Gol”.
Es contagiosa
la emoción aserradora del silencio humilde
que se retira más allá
con sus aves anacoretas.
Ha vencido la ciudad: ya no hay campo.
¡Victoria! Nuestra cultura
avanza hacia el vacío
de grillos y de pájaros,
hacia la plenitud
de la bulla,
monstruo sin ojos que repta
prodigando el milagro
de convertir las flores
en ceniza.
¿Dios?
Pero ¿cómo se os ocurre mencionarle?
Es de la época
de los pájaros,
de los arroyos,
y de los grillos
Entonces era tarde o, a lo peor, de noche,
pero ahora ¡éxito cerebral!
arden las cenizas,
¿qué falta nos hace
la luz de Dios?
Yo, sin embargo, mendigo de la palabra campestre,
me voy con los
pájaros anacoretas,
y con el silencio verde
que habla esperanza.
Y no soy enemigo del fútbol, ni de…;
pero respeto las fronteras pacíficas
de la hondura
y me da miedo la cómoda situación de los apoyos humanos
que brota la
superficialidad.
Dios está más al fondo. Y yo tengo
palabras para deciros donde,
pero está.
Y una vez hallado nos acompaña
al fútbol. El es el futbolista
y el torero
y el bailarín;
pero a la hora exacta
de la luz
sin divorcio de pájaros poetas,
a la hora exacta
de la amistad,
sin pactos unilaterales
que acoracen el “yo”,
a la hora exacta
del amor
sin congoja de ingratitudes,
a la hora exacta
de la eternidad
con Vida.
¿Por qué nos molesta la mano que se brinda
a nosotros peregrinos? ¿hacia dónde?