¿Eres tu el pino, cuya sombra
se brindó a mi cuerpo cansado
de sudar?
¿Dónde está tu pájaro místico llamándome?
¿Dónde la música de tus ramas
peinándose a la brisa?
¿Por qué ha muerto tu primavera?
Ya sé. Muerto, sigues hablando.
Te quejas de que no puedo llegar a ti.
Quizá por eso has muerto.
Hay paredes.
Rebosa piedras simétricas
y premeditadamente agresivas
el cordial egoísmo de los hombres.
Te aburriste ¿verdad?
Tu dueño legal
dormitaba mecido por el orgullo de poseerte,
en el casino de la ciudad.
Te rebelaste.
Preferiste morir a estar
acotado, a no sentir el
color de mi corazón pobre,
desnudo de tierra.
Paredes. Las paredes te han asesinado.
Las paredes que brotaron sus títulos, sus derechos.
Ha muerto lenta y deliberadamente tu poesía
por si el médico poeta de la historia
certifica: “falleció”
de soledad, porque clamaba
y nadie podía oír su voz;
había paredes.
Acortaron su luz
para alguien poder decir
a kilómetros de distancia: “es mío”.
Su dueño legal nunca lo
acarició con la mirada. No sabía.
Los años que pudo sostenerse
fue gracias a los niños.
Ellos furtivos cazadores
de primaveras,
no respetaban la
propiedad privada.
Y sus manos impacientes
acariciaban, a veces, su misterio.
Por eso cuando las paredes
se hicieron más agudas
de cristales cortantes
y las carabinas de los guardas
más omnipresentes,
todo enterró la voz de su misterio.
¿Quién habla en ti, pino,
clamando justicia?