Señor ¡qué bella es la amistad!
Junto al amigo verdadero
nunca hay soledad.
La soledad huye
como rapaz nocturno
a las primeras luces
del alba.
El dolor de la espina secreta
crea ciertos problemas
de intimidad
se mitiga, hasta tornarse casi deleite
cuando el semblante amigo
capta nuestra confidencia
y dialoga, en gesto y palabra sincera,
su simpatía.



